8.26.2005

DECIR AMIGO

Cuenta la leyenda que nos conocimos a los 3 años, entre nuestras lágrimas y mocos de niños que no se querían quedar en el colegio. Hijos de madres trabajadoras que nos esperaban juntas a la salida.
Jugamos juntos hasta los 6 años, más o menos, donde él para mi empezó a convertirse en un bruto y yo para él en una niña ñoña y aburrida y para más inri, cuatro ojos.
Entre los 6 y los 13 años, sólo nos relacionábamos para pelearnos por alguna cosa, y como él me daba miedo, siempre ganaba.
Entre los 14 y los 16 nos unimos ante un enemigo mayor: los niños ricos del colegio.
A los 16, a pesar de la diferencia existente entre un adolescente que fuma muchos porros y se pega con todo el mundo y una adolescente muy pardilla que bebe licor de melocotón porque el alcohol le sabe mal, siempre teníamos cosas que contarnos.
A los 17 ya eramos amigos, metidos en grupitos completamente diferentes, pero con una complicidad que se avecinaba irrompible. Yo le sacaba de algunos líos, y él me metía a mi en otros. Sus amigos me miraban con absoluta y clara indiferencia (excepto uno), y mis amigas lo toleraban como podían (sin excepción). Él era un rebelde con causa al que habían echado del colegio y yo una alumna integrada.
Entre los 18 y los 21 nuestra relación se enfría, cada uno estamos creciendo en una dirección, viviendo en ciudades distintas y con pocas ganas de hacer esfuerzos por seguir en contacto.
Los 22 años nos reúnen en torno a un amigo común que pasa por un mal momento.
Desde entonces hasta ahora, él con 30 y yo casi, somos un referente el uno para el otro. Siempre en contacto, siempre con cosas de que hablar, y siempre completamente distintos en la forma pero muy similares en el fondo.

Tenía ganas de hacerle algo especial, porque hoy me marcho a conocer a su hija.
Hay poca gente que pueda contar la historia de mi vida de primera mano. Enterita.

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